"El mundo pasa y
sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre"
1 Juan 2:17
El mundo de hoy vive
para los placeres y las cosas materiales. Los medios de comunicación, promueven
el consumismo en masa, efectuando una labor de convencimiento muy efectiva. Los
expertos en marketing son unos grandes conocedores de la naturaleza humana y sus
debilidades. Somos muy impresionables, muy influenciables. ¿Cuántas veces nos
hemos dado cuenta de que los productos de esa marca tan sonada en la
televisión, no son tan buenos como lo dice el anuncio?...pero se siguen
vendiendo, ¿por qué?, ¡porque la televisión dice que son los mejores!
La adicción a las
marcas es producto de la gran influencia psicológica que tiene la publicidad en
las personas. Hay quienes son capaces de pagar mucho dinero por una prenda de
vestir de la marca de moda, aunque en el mismo establecimiento donde la
compran, haya otras de la misma calidad y mucho más baratas. Pero la cosa es
llevar puesta la marca de moda, a cualquier precio...No importa si se quedan
sin dinero para pagar las cuentas.
Algo similar sucedió
hace mucho tiempo, a un joven llamado Esaú. Un día que tenía mucha hambre, Esaú
vio que su hermano Jacob estaba comiendo un delicioso guiso de lentejas y lo
deseó desesperadamente. Tanto así, que se lo permutó por lo más preciado que
poseía: su primogenitura. En lo único que pensó en esos momentos fue en saciar
su hambre. Jacob se aprovechó de su debilidad y aceptó la propuesta. La
primogenitura, en esos tiempos, significaba gozar de muchos privilegios y Esaú
los perdió todos por satisfacer un deseo momentáneo. Después reflexionó y se
dio cuenta del gran error que había cometido, pero era demasiado tarde.
Por atractivo que nos
parezca algo, debemos pensar si vale la pena y a costa de qué. Arriesgar el
futuro por un capricho del momento es una insensatez. La corriente del mundo
nos dice que hay que disfrutar el momento, satisfacer los deseos de la carne,
gozar al máximo, adquirir bienes materiales, etc., pero todo lo que el mundo
ofrece es pasajero, tarde o temprano se acaba. Por ejemplo, muchos padres de familia
dedican todo su tiempo al trabajo, según ellos, para proporcionar una vida
mejor a su esposa e hijos, pero descuidan su relación con ellos. No tienen
tiempo para convivir con ellos, no comparten sus alegrías y tristezas. Al
final, puede ser que se hagan ricos, pero terminan perdiendo a su familia. El
materialismo es un destructor de la familia. Todo lo que el hombre siembra, eso
mismo cosechará; si un hombre siembra abandono, acabará siendo abandonado. Dios
nos da muchas cosas que a veces no valoramos, por tener los ojos puestos en las
cosas materiales.
La satisfacción de los
instintos se ha convertido en prioridad en estos días y se han ido olvidando
los verdaderos valores. Hay millones de Esaús comerciando sus primogenituras y
otros tantos Jacobs aprovechándose de la situación, en un juego de oferta y
demanda. No caigamos en este juego.
Es una artimaña del
enemigo, ofrecernos un sabroso plato de lentejas, cuando sabe que estamos
hambrientos, ¿pero cuánto puede durar el placer de comerlo? El diablo quiere
que fijemos la vista en las cosas pasajeras que nos distraen de las cosas de
Dios, las cuales son eternas. La Palabra dice: "...No mirando nosotros las
cosas que se ven sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son
temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Corintios 4:18). Por eso
fijemos la vista en las promesas de Dios, que nos garantizan una eternidad de
gloria.
Dios quiere que
disfrutemos del fruto de nuestro trabajo y que tengamos lo necesario para
vivir. El ha puesto necesidades y deseos en cada uno de nosotros, pero nosotros
somos los que debemos tener el control sobre ellos y no dejar que ellos nos
controlen a nosotros. No cometamos una insensatez que más tarde habremos de
lamentar.
"No os hagáis
tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones
minan y hurtan" Mateo 6:19

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