martes, 8 de enero de 2013

Las cosas pasajeras



"El mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre"
1 Juan 2:17

El mundo de hoy vive para los placeres y las cosas materiales. Los medios de comunicación, promueven el consumismo en masa, efectuando una labor de convencimiento muy efectiva. Los expertos en marketing son unos grandes conocedores de la naturaleza humana y sus debilidades. Somos muy impresionables, muy influenciables. ¿Cuántas veces nos hemos dado cuenta de que los productos de esa marca tan sonada en la televisión, no son tan buenos como lo dice el anuncio?...pero se siguen vendiendo, ¿por qué?, ¡porque la televisión dice que son los mejores!
La adicción a las marcas es producto de la gran influencia psicológica que tiene la publicidad en las personas. Hay quienes son capaces de pagar mucho dinero por una prenda de vestir de la marca de moda, aunque en el mismo establecimiento donde la compran, haya otras de la misma calidad y mucho más baratas. Pero la cosa es llevar puesta la marca de moda, a cualquier precio...No importa si se quedan sin dinero para pagar las cuentas.
Algo similar sucedió hace mucho tiempo, a un joven llamado Esaú. Un día que tenía mucha hambre, Esaú vio que su hermano Jacob estaba comiendo un delicioso guiso de lentejas y lo deseó desesperadamente. Tanto así, que se lo permutó por lo más preciado que poseía: su primogenitura. En lo único que pensó en esos momentos fue en saciar su hambre. Jacob se aprovechó de su debilidad y aceptó la propuesta. La primogenitura, en esos tiempos, significaba gozar de muchos privilegios y Esaú los perdió todos por satisfacer un deseo momentáneo. Después reflexionó y se dio cuenta del gran error que había cometido, pero era demasiado tarde.
Por atractivo que nos parezca algo, debemos pensar si vale la pena y a costa de qué. Arriesgar el futuro por un capricho del momento es una insensatez. La corriente del mundo nos dice que hay que disfrutar el momento, satisfacer los deseos de la carne, gozar al máximo, adquirir bienes materiales, etc., pero todo lo que el mundo ofrece es pasajero, tarde o temprano se acaba. Por ejemplo, muchos padres de familia dedican todo su tiempo al trabajo, según ellos, para proporcionar una vida mejor a su esposa e hijos, pero descuidan su relación con ellos. No tienen tiempo para convivir con ellos, no comparten sus alegrías y tristezas. Al final, puede ser que se hagan ricos, pero terminan perdiendo a su familia. El materialismo es un destructor de la familia. Todo lo que el hombre siembra, eso mismo cosechará; si un hombre siembra abandono, acabará siendo abandonado. Dios nos da muchas cosas que a veces no valoramos, por tener los ojos puestos en las cosas materiales.
La satisfacción de los instintos se ha convertido en prioridad en estos días y se han ido olvidando los verdaderos valores. Hay millones de Esaús comerciando sus primogenituras y otros tantos Jacobs aprovechándose de la situación, en un juego de oferta y demanda. No caigamos en este juego.
Es una artimaña del enemigo, ofrecernos un sabroso plato de lentejas, cuando sabe que estamos hambrientos, ¿pero cuánto puede durar el placer de comerlo? El diablo quiere que fijemos la vista en las cosas pasajeras que nos distraen de las cosas de Dios, las cuales son eternas. La Palabra dice: "...No mirando nosotros las cosas que se ven sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Corintios 4:18). Por eso fijemos la vista en las promesas de Dios, que nos garantizan una eternidad de gloria.
Dios quiere que disfrutemos del fruto de nuestro trabajo y que tengamos lo necesario para vivir. El ha puesto necesidades y deseos en cada uno de nosotros, pero nosotros somos los que debemos tener el control sobre ellos y no dejar que ellos nos controlen a nosotros. No cometamos una insensatez que más tarde habremos de lamentar.

"No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan"   Mateo 6:19


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