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lunes, 7 de enero de 2013

Nada debemos temer



 Vivía en un pueblecito entre las montañas, una familia que tenía un niño de ocho años. El pequeño se llamaba Noé, en honor al personaje bíblico, ya que la familia era muy cristiana. Una tarde en que el niño salió a jugar con sus amigos, se alejaron un poco de sus casas y se adentraron entre los árboles y espesa vegetación, al pie de la montaña. Estaban tan entretenidos que no se dieron cuenta de que ya empezaba a oscurecer. De pronto empezó a llover y los niños corrieron rumbo al camino que los llevaría de vuelta al pueblo. A medida que la lluvia arreciaba y el cielo se hacía más oscuro, más rápido corrían. Por fin pudieron ver las luces del pueblo y pronto llegaron a él. Sus padres estaban ya esperándolos preocupados y respiraron aliviados al verlos, pero cuando los papás de Noé preguntaron por su hijo fue cuando recién se dieron cuenta de que no iba con ellos. Entonces se organizaron y fueron todos al bosque, a buscar a Noé con lámparas y cubriéndose como podían de la lluvia.
Caminaron y caminaron llamándolo y el chico no aparecía. Así pasaron horas y la gente que se había ofrecido para la búsqueda se empezó a regresar al pueblo. Al final solo quedaron los padres de Noé, quienes cada vez más afligidos, no querían dejar de buscarlo, pero el padre dijo: - Mujer, ya hemos buscado por todas partes y no lo encontramos, esta lluvia y la oscuridad hacen muy difícil la búsqueda, quizá sea mejor seguir en la mañana, con la luz del día. Le costó mucho convencer a su esposa, pero regresaron a casa.
Al día siguiente, por la mañana muy temprano, salieron nuevamente; ya había dejado de llover y el sol brillaba alegre en el cielo. Caminaron entre los árboles y matorrales llamando a su hijo. No pasó mucho tiempo, cuando vieron una cueva de la que no se habían percatado la noche anterior. El padre se asomó hacia el interior y con gran sorpresa vio a su hijo durmiendo plácidamente sobre un lecho de hierbas.          
- ¡Aquí está! exclamó emocionado. La madre se acercó, al tiempo que el niño despertaba.
- Hola papá, hola mamá... que ¿ya es de día?- Los padres lo abrazaron y le reclamaron la angustia en la que los había tenido. Y el niño respondió:
- Cuando vi que empezó a llover me refugié en esta cueva, pero mis amigos no se dieron cuenta. Me quedé esperando a que vinieran a buscarme y me dormí. Ustedes siempre me han enseñado que no hay que temer, porque Dios cuida de nosotros, ¿por qué se angustian tanto entonces? El me cuidó igual que en casa. No tenían por qué preocuparse porque aquí también estaba Dios conmigo.      

Hay cosas que según nuestra lógica humana, nos parecen inconcebibles, pero la confianza en Dios no la podemos basar en nuestra lógica. Podemos contar con la protección de Dios donde sea que nos encontremos, solo tenemos que creerlo, con la seguridad del niño de la historia. También Pablo, cuando se encontraba en la cárcel, mantenía su confianza en El y se mantenía sereno. Cuántas angustias y preocupaciones nos ahorraríamos si de veras depositáramos nuestra confianza plenamente en El. Si andamos de la mano de Dios, debemos creer que El no nos dejará caer, porque ¿quién mejor que El nos podrá proteger?

"Aunque ande en valle de sombra o de muerte, no temeré mal alguno,
porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento"
Salmos 23:4

Una lección sobre la crueldad



Siempre he estado en contra de la crueldad hacia los más débiles. De niña me indignaba ver a los niños que tiraban nidos con sus hondas, solo por hacer la maldad o maltrataban a animales pequeños solo por diversión. Nuestros vecinos tenían un niño de 10 años que siempre estaba martirizando toda clase de bichitos y gatos callejeros. Se burlaba de mí, cuando yo le pedía que por favor ya no lo hiciera más, "son experimentos" decía riendo. Yo prefería no verlo, sabía que cuando Juan cruzaba la calle hacia el descampado que teníamos enfrente, era para buscar los insectos, lagartijas y alguno de los gatos sin dueño que dormían en el lugar que les servía de refugio, pues estaba lleno de pasto largo, hierbas y flores silvestres. A veces usaba unos guantes gruesos de su papá para evitar ser rasguñado por los gatos. Un día vi a Juan a través de mi ventana, que venía desde el descampado, con sus guantes puestos y con una bolsa, dentro de la cual algo se movía. De seguro ha de ser algún gato, pensé y me imaginé las mil cosas feas que él le haría. Salí y le pregunté qué llevaba allí, me contestó que no me importaba. Insistí, le dije que no le hiciera nada malo a aquel gatito. No es un gato, me respondió enojado y entró a su casa. No podía imaginar qué sería, por su tamaño no podía ser otra cosa que un gato, pensé que me había mentido. Sufría pensando en qué le estaría haciendo Juan a aquel animalito y hubiera querido ir a hablar con su madre, pero la mía ya me había dicho alguna vez, que no podíamos meternos en la educación del hijo del vecino. Estuve pendiente de la ventana, por si veía salir a Juan con la bolsa nuevamente, pero en toda la tarde no lo hizo. Ya anochecía, cuando escuché gritos y muchos ruidos que provenían de la casa de al lado. Fuertes golpes se oyeron en nuestra puerta, mi madre corrió a abrir. Era nuestra vecina, que desesperada y llorando, venía a pedir prestado nuestro teléfono para llamar una ambulancia. Juan había sido mordido por una víbora y además había resultado quemado. Entonces me dí cuenta de que efectivamente, lo que llevaba en la bolsa esa tarde, no había sido un gato.
Al día siguiente, mi madre y yo fuimos a visitar a Juan al hospital. La víbora no había resultado ser venenosa, así que estaba fuera de peligro, pero lo que lo iba a mantener en el hospital por un buen tiempo, eran las quemaduras que tenía en su brazo derecho y parte del torso. Lo de la mordedura era algo lógico, molestó a la víbora y ésta lo mordió; pero no me podía explicar lo de las quemaduras. Tenía una mueca de dolor cuando lo vi y sentí lástima por él, pero me avergonzaba que en el fondo me alegraba que le hubiera pasado eso por malo. Le pregunté por las quemaduras y me dijo que había rociado a la víbora con gasolina que había encontrado en el garage de su casa y allí mismo, quiso prenderle fuego, pero que la víbora hizo un movimiento muy rápido, se abalanzó hacia él y lo mordió. Al sentir la mordedura, Juan, que tenía el encendedor de la cocina encendido, había caído al piso en donde había gasolina derramada y no se dio cuenta cómo, de pronto, en cosa de segundos, tenía su brazo en llamas. Me quedé callada, sin saber qué decir, lo que llevaba en mente era recriminarle con palabras como "Ya ves, yo te lo decía" o "Para que veas lo que se siente", pero al verlo allí, postrado y sufriente, callé. El rompió el silencio y me dijo: "Me duele muchísimo, ahora sé lo que sienten los animales. No lo voy a volver a hacer". Me alegré al escuchar eso. Juan había recibido una cruda lección, demasiado cruda, pero quizá había sido necesario de esa manera para que él reaccionara, ya que de otra forma no lo haría.
Se ha descubierto que todos los asesinos en serie, en su infancia han practicado la crueldad con animales. Hay que poner mucho cuidado en cómo se divierten los niños y enseñarles a ser sensibles con todos los seres vivos. Dios tiene que recurrir muchas veces al sufrimiento para que reaccionemos, pues es de la única manera en que lo hacemos, pero el resultado es mucho mejor que el medio empleado para obtenerlo.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8:28



El néctar de la amistad



Un día una mariposa azul estaba libando el néctar de una flor y llegó una mariposa monarca a hacer lo mismo en una flor cercana.
-Buenos días- le dijo la recién llegada
-Buenos días-respondió la mariposa azul
-¿Vienes siempre a este jardín?
-No, es la primera vez que vengo aquí, ¿y tú?...
Y así las dos maripositas siguieron libando y conversando, hasta que se agotaron los néctares. Cuando se despidieron, la mariposa azul le dijo a la monarca:
-¿Qué te parece si mañana vamos juntas a libar el néctar de las flores otra vez?
-Me parece una muy buena idea-respondió la monarca y se pusieron de acuerdo acerca del lugar que elegirían.
Al día siguiente volvieron a reunirse y entre cháchara y cháchara, libaban el néctar. Así siguieron día a día, volando juntas a beber el dulce néctar en los jardines. Había nacido una linda amistad.
-¿Sabes?- dijo un día la monarca. Desde que tengo tu compañía, el néctar me sabe mejor.
-¡Oh sí, a mí también amiga! Está cada día más delicioso-y añadió: Y es que la verdadera amistad es tan dulce como el néctar de las flores, todo sabe mejor en la compañía de una amiga.
Una mañana mientras bebían la dulzura de las flores, de pronto cayó una red encima de la monarca. Con horror, la azul vio a un niño que reía feliz de haber capturado a su amiga. Entonces comenzó a revolotear desesperadamente sobre su cabeza, pero el niño no le hacía caso, a la que él quería era a la monarca. Pero la azul lo siguió y se le echó a la cara y no lo dejó en paz hasta que el niño abrió la red para atraparla y entonces ella le gritó a su amiga:
-¡Sal de ahí, ahora!- La monarca voló rápido fuera de la red, pero la azul no alcanzó a escapar y fue atrapada. El niño se fue corriendo con su presa, mientras que la monarca quedaba desolada y aunque voló detrás de él, este desapareció dentro de su casa.
Todos los días, la monarca rondaba la casa donde tenían a su amiga. Ya no iba a beber la dulzura de las flores. Todo le sabía amargo desde le faltaba la compañía de su amiga. Las flores habían perdido su sabor. Hasta que un día vio que el niño salía nuevamente con la red de cazar mariposas y en lugar de huir, voló hacia él, siendo atrapada al instante. Se había dejado atrapar, con la esperanza de ver a su amiga. El niño se fue a su casa contento de haber atrapado una monarca, sin saber que era la misma que se le había escapado antes. La mariposa sintió como las manos del niño la tomaban de las alas y después sintió un agudo dolor en la espalda. Se sentía cada vez más débil y mareada. Fue llevada a un lugar en donde había muchas mariposas, pero estaban inmóviles y...vio con horror que todas tenían algo clavado en la espalda. Pudo notar, en su agonía, que fue clavada junto a una monarca... ¡era su querida amiga! Entonces suspiró feliz, estaban juntas de nuevo y para siempre.


"Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos"  Juan 15:13



Corderitos y puerquitos



Había una vez una granja en donde vivían muchos animalitos. El granjero era un buen hombre que se levantaba muy temprano cada mañana, para darles de comer y ocuparse de todas sus necesidades. Era como un padre para ellos.
Un día, una de las ovejas tuvo siete corderitos y ese mismo día, su vecina, la marrana, tuvo nueve marranitos. El granjero estaba muy contento porque había aumentado la familia. Pasó el tiempo y los corderitos y los puerquitos crecían felices y saludables. Se habían hecho amigos y conversaban a través de la barda de madera, que separaba el corral de las ovejas de la porqueriza de los puercos.
Una tarde a uno de los marranitos se le ocurrió invitar a sus amiguitos a jugar en el lodo. Los corderitos aceptaron la invitación y brincaron la barda. Cuando se encontraron del otro lado, los puerquitos los recibieron alborozados y uno a uno, los arrojaban al lodo, muy divertidos, en medio de risas y gritos. Después se echaron al lodo ellos también y se revolcaron contentísimos, sin advertir que los corderitos no lo estaban pasando tan bien como ellos, sino que se sentían incómodos allí, pero no decían nada, por no ofender a sus amiguitos. Entonces la mamá oveja se dio cuenta de la ausencia de sus hijitos y asomando la cabeza por la barda, preguntó: "¿Puerquito, has visto a mis hijos?"...el puerquito no respondió y la oveja repitió la pregunta, entonces se escuchó una vocecita: "Mamá, soy yo, aquí estamos". La oveja puso el grito en el cielo, ¡no había reconocido a sus propios hijos, bajo esa densa y horrible capa de lodo! Uno a uno fueron emergiendo del lodazal, llenos de vergüenza y se fueron derechito a su corral. Mamá oveja estaba muy enojada, pero el granjero al ver a los pequeños en esas fachas, se moría de la risa. Tomó una manguera y un trozo de jabón y les dio a los corderitos un buen baño, hasta que recobraron su aspecto verdadero.
Los puerquitos, que habían estado observando, no se explicaban por qué tanto alboroto, ¿qué tenía de malo el lodo?, ¡era de lo más divertido! Mamá oveja prohibió a sus hijos volver al lodazal y por su parte, los puerquitos, ofendidos, decidieron cortar su amistad con aquella "cursi y aburrida" familia...

Cuando empezamos a caminar en la vida cristiana, descubrimos que hay cosas que ya no disfrutamos como antes, cosas que nos contaminaban y no nos dábamos cuenta. Éramos como puerquitos que nos encantaba revolcarnos en el lodo. Pero después de recibir a Cristo, todo empieza a cambiar. Se nos cae la venda y al fin podemos abrir nuestros ojos espirituales. Ya no deseamos participar en las cosas del mundo que antes nos fascinaban. Vamos perdiendo amistades, quienes, al igual que los puerquitos del cuento, no comprenden nuestro cambio y nos tilda de fanáticos, exagerados, aburridos, ridículos, etc. Pero esto no debe importarnos, lo que realmente importa es que Dios, nuestro Señor, nos sacó de en medio del lodazal de nuestra vida anterior. Pasamos de ser puercos revolcados a ser limpios corderitos delante del Señor, porque hemos sido lavados con la preciosa sangre del Su Hijo Jesucristo.
No aceptemos invitaciones a jugar con lodo como antes. No brinquemos esa barda, no nos pasemos del otro lado. No importa lo que digan los demás, lo único que nos debe importar es la opinión de Dios. Mantengámonos limpios y relucientes para el Señor, agradeciéndole cada día el habernos rescatado de la porqueriza.

"Como bien ustedes saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto"  1 Pedro 1:18-19

Algodón de azúcar




Había una vez un pastorcito que tenía ochenta ovejas a su cuidado. Un día, pasaba con su rebaño junto a unos matorrales y escuchó un balido que provenía del tupido ramaje. Se acercó con curiosidad y lo que vio lo llenó de asombro: allí había una oveja, luchando desesperadamente por zafarse de unas ramas en las cuales había quedado atrapada. Pero no era una oveja común, ¡era una oveja cuya lana era totalmente de color rosa! El pastorcito nunca había visto algo como eso y se la quedó mirando muy sorprendido. Pero fuera como fuera, debía prestarle ayuda a esa ovejita y se acercó a ella. La oveja se mostró hostil hacia el pastorcito, mientras seguía debatiéndose furiosamente entre las ramas. Sus patas estaban llenas de rasguños a causa de las espinas, pero aun así no se apaciguaba. Finalmente la venció el cansancio y el pastorcito la sacó de allí y la llevó con su rebaño. Las demás ovejas la miraron con asombro y cuchichearon entre ellas. La oveja rosa se mantuvo alejada, caminando detrás de ellas, junto al pastorcito.
Al atardecer, de regreso a la aldea, el pastorcito preguntó a otros ovejeros si esa oveja color de rosa era de alguno de ellos. Ninguno pareció sorprenderse al ver a tan peculiar oveja y todos negaron que perteneciera a su rebaño. Entonces el pastorcito decidió quedarse con ella y pensó que, siendo tan especial, debería tener un nombre. La llamó "Algodón de azúcar", por su semejanza con los algodones de azúcar que vendían en la feria del pueblo, color rosa y esponjaditos.
En los siguientes días, el pastorcito notó que sus ovejas se comportaban en una forma extraña, ya no le obedecían como antes y le costaba mucho trabajo reunirlas en las tardes para regresar a la aldea. Se preguntaba qué podría estar sucediendo. Se dedicó a observarlas todos los días y se dio cuenta de que Algodón de Azúcar era quien inducía a rebelarse a las demás. Entonces pensó que lo mejor sería deshacerse de ellas y la ofreció a otros pastores, pero nadie la quiso. Después se enteró de que esa ovejita había estado en los demás rebaños y había causado grandes molestias a los pastores, por eso la había encontrado abandonada.
A pesar de esa mala reputación, sintió compasión por la oveja y no fue capaz de abandonarla, así es que aunque sabía que Algodón de Azúcar le causaría problemas, decidió quedarse con ella y se propuso hacer todo lo posible para transformarla en una ovejita dócil.
El pastorcito se mantenía cerca de Algodón de Azúcar todo el día y no le dio oportunidad para alborotar a las demás. Poco a poco, la oveja fue adaptándose y cambiando de actitud. Reconocía que este pastorcito no era como los demás, que realmente estaba interesado en ella y no la maltrataba, era cordial y tolerante y sobretodo, no la utilizaba como los otros, para exhibirla y jactarse de tener a su cuidado tan peculiar ejemplar. Siempre había sido el blanco de la curiosidad de todos y eso la enfurecía, por eso se desquitaba alborotando los rebaños. Pero ahora era diferente, recibía amor y caricias de parte del pastorcito y para él, era como las demás. Ya no tenía motivos para comportarse mal ni alentar a la rebelión a las demás ovejas. Entonces, éstas volvieron a ser las de antes, Algodón de Azúcar ya no las trastornaba.
Al cabo de un tiempo, los otros pastores le preguntaron al pastorcito por aquella singular e insufrible oveja rosa, esperando escuchar calamidades acerca de ella. El respondió: "Esta ovejita rosa, a la que he llamado Algodón de Azúcar, es mi fiel compañera, es dócil como ninguna y hasta me ayuda a organizar a las demás..." Los pastores no daban crédito a lo que el pastorcito les dijo y quisieron saber cómo era eso posible. El pastorcito les dijo: "Solo redoblé mis cuidados y la traté con mucho amor, como a mis demás ovejas, sin recordarle a cada instante lo extraño de su apariencia, ni mucho menos, aprovechándome de eso como lo hicieron ustedes. Algodón de Azúcar me tomó tanto cariño que ya no quiere provocarme disgustos, es una ovejita agradecida, que solo necesitaba amor y buen trato..." Los pastores bajaron la cabeza avergonzados. Aquel humilde pastorcito les había dado una gran lección.

Si la apariencia física de una persona es diferente a la de los demás, no debe ser motivo de burlas, ni críticas, ni desprecio. Dentro de esa apariencia "anormal", puede haber un corazón bondadoso y necesitado de amor, que solo espera una oportunidad de parte de los que se creen normales. El maltrato hace endurecer el corazón humano, pero el amor puede hacer milagros y ese corazón de piedra puede convertirse en un corazón dulce y suave como el algodón de azúcar.