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miércoles, 6 de abril de 2016

DOÑA ESPERANCITA



Llovía intensamente esa tarde y en el departamento de los Rodríguez, que se encontraba en el tercer piso de un pequeño edificio, estaba toda la familia a resguardo. Esteban, el padre, veía la televisión en la sala y Amelia y sus tres hijas estaban en la cocina, preparando bocadillos, entonces Clarita, la más pequeña dijo:
-       Mamá, ¿has visto cómo está allá afuera? ¡está todo inundado!… ¡Mamá, doña Esperancita!- exclamó la niña. Doña Esperancita era la portera del lugar, cargaba con muchos años encima y vivía sola en la planta baja. Los Rodríguez le tenían mucho afecto.
-       Es verdad, debemos averiguar cómo se encuentra- respondió la madre.
-       ¡Yo voy!- exclamó la pequeña.
-       No, deja que tus hermanas vayan.
-       ¡Sí, enseguida vamos!- respondió Rosa y su hermana Luisa fue detrás de ella. Bajaron las escaleras y al llegar al primer piso, vieron a Esperancita, sentada en las escaleras, sujetando fuertemente a su gato Alfredo, para que no se le escapara.
-       ¡Esperancita!, ¿qué hace usted aquí?- exclamó Rosa.
-       Ay hija, se metió el agua a mi casa, por eso me salí…
-       Pero Esperancita, ¿por qué se quedó aquí en las escaleras?, usted sabe que arriba tiene su casa, venga con nosotras, no se puede quedar aquí.
-       Pero tengo a Alfredo conmigo- dijo mostrando debajo de su chal a su gato blanco.
-       ¡Tráigalo Esperancita!, no se preocupe, subamos- Y le ayudaron a subir las escaleras hasta el tercer piso.
-       ¡Bienvenida Esperancita!- exclamó la mamá al verla.
-       Venga con nosotras, estamos preparando bocadillos. Entraron a la cocina y le ofreció una silla. La mujer se sentó, tratando de ocultar a Alfredo entre sus ropas. Amelia sonrió, llenó un platito con leche y lo puso en el piso. Esperancita soltó al gato y éste corrió a beber la leche.
-       Esperancita, ¿está muy inundada su casa, hasta dónde llega el agua?- preguntó Clarita.
-       Me llegaba a los tobillos cuando me salí.
-       Ay Esperancita, ¿trae los pies mojados? ¡Se puede enfermar!- dijo Amelia- Clarita ve por una toalla- la niña fue por la toalla y ella misma secó los pies de la anciana. Una lágrima rodó por la mejilla de la mujer.
-       ¿Pero qué le pasa Esperancita, por qué llora?- preguntó la niña- ¿está triste por su casa?
-       Ay mi niña, personas como ustedes ya no quedan en este mundo. No, no estoy triste, es mi corazón que se conmueve por sus atenciones.
La verdad era que nadie sabía nada acerca de la procedencia de doña Esperancita. Parecía que había nacido con el edificio, ella ya estaba allí antes de la llegada de cada inquilino, pero eso a nadie interesaba, bueno, casi a nadie, porque los Rodríguez siempre se lo habían preguntado entre ellos, sin atreverse a preguntárselo a ella misma, pero Amelia pensó que esa sería una buena oportunidad para hacerlo. La invitaron a pasar al comedor para merendar, la anciana se sintió un poco cohibida, pero finalmente aceptó sentarse con la familia. Hacía frío afuera y también en su cuarto de la planta baja, pero allí en casa de los Rodríguez, se sentía un calor agradable, pero más que nada, se sentía ese calor de hogar que transmite el amor familiar. Por un momento ella se imaginó que era su propia familia la que la rodeaba, era como un sueño del que no quería despertar. Entonces Amelia dijo:
-       Esperancita y usted ¿de dónde es? ¿tiene familia?
-       Mi familia es Alfredo…-respondió sonriendo- la vida ha sido dura para mí, pero le agradezco a Dios por lo que tengo, hay gente que está peor.
-       Cuando pase la lluvia, iremos a ayudarle con sus cosas Esperancita, veremos que podemos salvar- dijo Esteban.
-       ¡Uh, si casi no tengo nada señor! Una silla, una mesa, un ropero viejo y mi cama. Esas son mis pertenencias.
-       Le ayudaremos a secar y a limpiar, no se preocupe. Nunca había llovido antes de esta manera ¿verdad?
-       No señor, nunca se había metido el agua a mi cuarto sin permiso- respondió la anciana y todos rieron. ¿Cómo era posible que teniendo tan poco y bajo esas circunstancias, ella podía bromear? Esa era la pregunta que todos se hacían en ese momento. Entonces como si ella los hubiese escuchado, dijo:
-       Hace muchos años yo tuve una familia… tuve dos hijos, niño y niña… Mi esposo era un hombre que quería lo mejor para nosotros, como todo padre y esposo, así que una vez, cuando llegaron unos forasteros al pueblo y le ofrecieron un negocio muy bueno, según ellos, él aceptó pensando que una oportunidad como esa no se iba a repetir. Pero resultó ser gente mala, lo engañaron y al final lo terminaron involucrando en un crimen en el que él no participó, pero igual terminó en la cárcel… En el pueblo de donde soy, si alguien caía en la cárcel, toda su familia era señalada con dedo acusativo. La vida se volvió muy difícil para mí y mis hijos, que aún eran pequeños. Nadie me quería dar trabajo, así es que yo hacía dulces o tejía ropa de bebé para vender. Sobrevivimos por la misericordia de Dios que nunca nos dejó, de alguna u otra manera no faltó el pan en nuestra mesa.
-       ¿Y por qué se quedó allí, por qué no se fue con sus hijos a otra parte?- se entrometió Clara.
-       No podía irme y dejar a mi esposo solo allí donde estaba prisionero. Si nos íbamos, ¿quién le iba a llevar comida? Él no tenía a nadie más... Pero pasaron los años y mis hijos crecieron y se fueron del pueblo. Nunca más volví a saber de ellos. Mi esposo murió en la cárcel, murió de tristeza al saber que ellos se olvidaron de nosotros. Entonces yo me vine a la ciudad y… esa es mi historia- terminó diciendo doña Esperancita, con una sonrisa triste dibujada en sus labios arrugados por el tiempo.
Todos se quedaron en silencio, turbados, sin saber qué decir, pero Clarita siempre sabía qué decir y dijo:
-       Yo creo que usted y Alfredo no van a poder dormir en su casa hoy Esperancita- dijo Clarita-  así que se dormirá en mi cama con Alfredo y yo dormiré con mis hermanas ¡no se diga más!

Detrás de cada persona hay una historia. Muchas personas pasan desapercibidas ante nuestros ojos, pero nunca ante los ojos de Dios. Él conoce la historia de todos nosotros, conoce nuestros pensamientos, nuestras penas y alegrías. Procura que en tu historia haya siempre agradecimiento hacia Dios por los buenos y también por los malos momentos de tu vida.


Angélica García Sch.

UN DÍA DE CAMPO, ADÁN Y EVA Y... OTRAS COSAS


Eran las once de la  mañana de ese domingo de mayo. Un sol radiante se dibujaba en el cielo y una brisa fresca acariciaba el panorama. La familia Cárdenas había planeado ir de día de campo después de la iglesia y el día estaba ideal. Terminando el culto, se dirigieron a la puerta del pequeño templo, se despidieron del pastor y de los demás hermanos y partieron felices y contentos.
En el camino, los tres niños de la familia amenizaban el viaje, cantando y haciendo bromas. El automóvil se desplazaba suavemente por el sendero bordeado de árboles, que formaban una especie de túnel de ramas y hojas sobre el vehículo, proporcionando una sombra acogedora. El lugar que habían escogido para el día de campo, estaba junto a un pequeño río, era un lugar muy hermoso y apacible, que invitaba al deleite, a la contemplación, lleno de árboles y flores, pero a los niños no les parecía eso de ninguna manera, porque cuando llegaron, se bajaron del auto e inmediatamente empezaron a corretear y a chapotear en el río muy divertidos.
-       Fue una buena idea traerles los trajes de baño- dijo Eugenia, la madre- la vez pasada llegaron a casa con toda la ropa mojada.
-       Sí, es imposible prohibirles que se metan al agua, si hasta a mí me dan ganas de chapotear- dijo riendo Simón, el padre.
-       Es un agua muy cristalina y fresca, qué limpia está, también el prado, las flores, todo se ve tan lindo, tan limpio, como que casi no ha sido tocado por pie humano. Se nota que este lugar está alejado de todo y que casi nadie lo conoce, así se mantiene tal como Dios lo hizo.
-       Así es, como Dios lo hizo, bello y limpio. Así también nos hizo a nosotros Eugenia, pero… ya conoces la historia…
-       Es verdad, todo lo hizo bien en su tiempo, pero el hombre donde pone su mano o su pie, lo echa todo a perder. Pero gracias a Dios que existen todavía lugares así para poder disfrutar de su maravillosa naturaleza.
-       Fue una casualidad encontrarlo aquella vez que nos perdimos, gracias a eso lo descubrimos y hemos podido venir a disfrutarlo unas cuantas veces.
-       Yo no creo que fuese una casualidad esposo mío. El Señor nos trajo aquella vez, Él nos guio hasta aquí, porque quería regalarnos este lugar para que lo disfrutáramos nosotros que somos sus hijos.
-       ¡Oh, si ha sido así, entonces es un regalo invaluable!
-       Y lo es. Me imagino que así fue el Edén de hermoso, qué gran disparate cometieron Adán y Eva al ceder a la tentación, ¿no pensaron en lo que podrían perder? ¡Lo tenían todo! Un lugar como éste que les brindaba toda clase de frutos para comer, un paisaje hermoso, no sufrían de frío ni de calor…
-       Sí mi reina, pero lo principal era que estaban cerca de Dios y podían hablar con Él, convivir con él, ¡imagínate! ¡qué gran privilegio! Eso era lo más importante.
-       Es verdad, esa fue la principal pérdida, la ruptura de su relación con Dios, la que heredó toda la humanidad. Pero gracias a Él por su misericordia, pues envió a Su Hijo para restablecer esa relación…
-       Mira todo lo que nos inspira decir un paisaje como éste.
-       Sí, esta paz y esta belleza no pueden más que recordarnos la obra perfecta del Creador, que a pesar de nuestra infidelidad, nos da todo lo que necesitamos y más.
-       ¡Alabado sea! ¡Gracias Señor por todas tus maravillas!- pero yo ya tengo hambre esposa mía, ¿no quieres sacar lo que preparaste de la canasta?
-       ¡Jajaja!, ¡tu estómago estorba a la reflexión marido mío! Está bien, llama a los niños- Eugenia puso el mantel sobre el pasto y empezó a acomodar platos y vasos y la exquisita comida que había preparado.
-       ¡Tengo mucha hambreee!- Llegó gritando Miguelito, seguido por su hermano David y Sarah, la más pequeña. Se sentaron todos juntos, dieron gracias por los alimentos y se dispusieron a disfrutar de la comida.
La madre había llevado fruta de postre, a David y  Sarah les gustaban mucho las uvas, así que se adueñaron de sendos racimos. A Miguel le agradaban más los duraznos y empezó a dar cuenta de uno grande y jugoso. De repente dijo:
-       Mamá, papá, ¿qué fruta era la que comieron Adán y Eva?, ¿era una manzana?
-       No Miguelito, la Biblia no especifica qué fruta era, en realidad eso no tiene importancia- respondió el padre.
-       Toda la gente dice que era una manzana, ¿por qué si la Biblia no lo dice?
-       La gente inventa muchas cosas hijo. A veces una persona dice algo que a ella le parece y otra lo repite y otra hace lo mismo y así se van formando los dichos, basados en afirmaciones que no son reales, sino que puras especulaciones de la gente.
-       Sí, se hace una cadena, ¡como el juego del teléfono descompuesto!
-       Así es hijo, exactamente.
-       ¿Y por qué dices que no tiene importancia la clase de fruta que era la que comieron Adán y Eva?
-       Porque así es Miguelito, lo importante es que era un fruto prohibido por Dios y ellos no le obedecieron, por eso tuvieron que irse del paraíso.
-       ¿Solo por comerse una fruta?
-       No, por el significado de comerse esa fruta. Significaba que ellos no habían obedecido a Dios, sino a la serpiente, que era el diablo disfrazado y por esto perdieron el derecho de permanecer en el Edén junto a Dios, porque se habían convertido en pecadores y Dios no puede convivir con el pecado.
-       ¡Ahh! Mami a veces nos prohíbe comer galletas antes de comer, entonces sí lo hacemos ¿nos echarán de la casa? – dijo el niño muy serio.
-       No Miguelito, cómo puedes pensar eso, no es lo mismo.
-       ¡Ya lo sé! ¡Jajaja! Solo estaba bromeando- entonces el padre se puso de pie y fingió que iba a atrapar al niño, Miguel también se puso de pie y comenzó a correr riendo y brincando, los otros niños hicieron lo mismo y padre e hijos corrieron por el prado riendo y persiguiéndose unos a otros. Eugenia los contemplaba divertida y por dentro daba gracias a Dios por tener una familia tan hermosa.
Fue una tarde inolvidable, pero había que volver a casa, el sol ya empezaba a ocultarse y se dispusieron a guardar todo. Allí se quedarían las risas de los niños brincando por las colinas y las huellas de sus piececitos marcadas en la arena del río. También quedarían flotando en el aire las reflexiones de aquellos padres, que en armoniosa charla recordaban el principio de la vida.

Los mejores momentos son los pasados en familia, en armonía, y sana diversión. Agradezcamos a Dios por cada uno de esos momentos.

Angélica García Sch.


DONDE NO HAY LLANTO NI DOLOR


Martha tenía diez años cuando murió la madre de Luisa, su mejor amiga. En el funeral, Luisa lloraba desesperadamente y Martha no sabía cómo consolarla. Mientras el pastor predicaba, Martha imaginaba que no podría seguir viviendo si a quien enterraran fuera su propia madre, no era capaz de concebir una vida sin ella. Sintió mucha tristeza por su amiga Luisa, ¿cómo haría ella ahora para vivir sin su madre?
Después del funeral, se fueron retirando todos del lugar. Martha se acercó a Luisa y le dijo:
-       No te preocupes, yo te prestaré a mamá, ella también puede ser tu mamá ahora… - las dos niñas se abrazaron y lloraron juntas. Luego, cada quien tuvo que irse con sus respectivas familias.
-       Esa tarde, Martha le dijo a su abuela:
-       Abuelita, tengo mucho miedo.
-       ¿Por qué  mi niña?
-       Tengo miedo de que mamá también se muera, ¡no sé qué haría sin ella!
-       No, no tienes que pensar en eso, ella es joven y está sana, la mamá de Luisa era una mujer muy enferma… Estas palabras tranquilizaron a la niña y la vida siguió en paz y feliz para ella junto a su madre, su padre y su abuela. De vez en cuando, la tía de Luisa llevaba a su sobrina a casa de Martha y cada vez que se juntaban, Martha observaba a Luisa y se preguntaba cómo podía ser posible que viviera sin su mamá, ¡cómo podía jugar, comer y hasta reír sin ella!
Pasó el tiempo, las niñas ya eran adolescentes y un día Martha se atrevió a preguntarle a su amiga lo que desde hacía años significaba una incógnita para ella.
-       Luisa, ¿cómo pudiste vivir el resto de tu infancia sin tu madre? Yo no podría haberlo hecho sin mi mamá…
-       La tristeza de su ausencia todavía existe en mí Martha, pero mi tía me ayudó mucho a comprender y a asimilar lo que pasó, a pensar menos en mis propios sentimientos y a aceptar la voluntad de Dios.
-       ¿Pero cómo puede ser la voluntad de Dios, dejar a una niña sin madre?
-       Martha, Dios tuvo compasión de ella, la muerte no fue algo malo para ella, ella sufría mucho por su enfermedad y yo también sufría al verla así, aunque no quería que muriera, pero eso era algo egoísta de mi parte, porque solo pensaba en mí, en la falta que ella me iba a hacer. Por fin comprendí que ella necesitaba descansar de sus dolores y yo tenía que pensar menos en lo que necesitaba yo misma.
-       ¿Pero entonces por qué Dios no la sanó? ¿Por qué no le quitó esos dolores y la dejó viva y sana a tu lado?
-       Martita, eso no lo sé, nadie puede conocer los designios de Dios, solo sé que no debemos cuestionarlo porque Él sabe lo que hace y por qué lo hace.
-       Todavía no lo entiendo… ¿Acaso Él no nos ama? ¿Por qué nos hace sufrir entonces?
-       No Martha, él no quiere que suframos, pero en esta vida existe el dolor y las enfermedades y muchas cosas malas… por causa del pecado de Adán es que heredamos todo eso, ya lo sabes. Pero hay que pensar que nuestra vida aquí en la tierra es un suspiro, como dice mi tía, la vida que realmente importa es la otra, la que viene después de la muerte terrenal, porque esa vida es para toda la eternidad. Mi mamá ahora está con Jesús y  está viviendo esa otra vida, donde no hay sufrimiento, ni enfermedad, ni dolor, ni tristeza, por eso debo de estar contenta por ella, aunque la extrañe mucho.
-       Tienes razón en todo lo que dices. Pero no toda la gente se va con Jesús después de morir, entonces sí hay razón para estar triste. Porque no basta con creer en Dios y ser buena persona para ir al cielo ¿verdad?
-       Así es, pero ya nada podemos hacer por ellos, si en vida no quisieron aceptar el gran regalo de la salvación de Cristo, no pueden tenerla, pues la rechazaron por voluntad propia.  Aquí y en esta vida es cuando decidimos aceptar o rechazar ser salvos, después ya no hay ninguna opción de hacerlo.
-       ¡Qué terrible! Cuánta gente se va de este mundo sin haber recibido a Cristo como su Salvador, lo cual significa que no tendrán la vida eterna. Creo que los cristianos deberíamos advertir a los demás de lo peligroso que es no tomar en serio este asunto. Donde pasar la otra vida es más importante que dónde pasar ésta. La gente se desvive por tener la mejor casa para vivir, el mejor carro, la mejor ropa, siendo que nada nos llevaremos al morir, sin embargo, no se preocupa de tener lo único que importa al dejar este mundo, que es el pasaje a la vida eterna, el cual solo Jesús nos puede dar.
-       Así es, la salvación de nuestras almas es lo que más nos debe importar en esta vida, antes que todas las cosas materiales por las cuales a veces nos desvivimos tanto y que son solo pasajeras. Por eso Jesús nos dejó una comisión, una gran comisión, la de dar a conocer el evangelio a toda criatura, propagar las buenas nuevas de salvación. Imagínate si mi mamá no hubiera sido salva, ¿cómo podría yo haber soportado su muerte, sabiendo que iba a un lugar de más sufrimiento que el que tuvo aquí en la tierra?
-       Hubiera sido algo terrible, pero gracias a Dios que ella tomó la mejor decisión de su vida, cuando se propuso seguir a Cristo y ahora está junto a Él, en paz, sin ningún sufrimiento ni dolor alguno. Tienes razón al estar contenta por ella, aunque no la tengas contigo, pues sabes que está en el mejor lugar que podría estar.

“Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.” Apocalipsis 21:4 NVI

Angélica García Sch.


DESPUÉS DE LA TRAGEDIA


Cuando tengas un problema, no pienses en los obstáculos para solucionarlo, solo piensa que Dios puede hacerlo porque para Él no existen los obstáculos.


El olor a humo se podía sentir en varias cuadras a la redonda y a pesar de que eran las horas de la madrugada, la gente merodeaba cerca del siniestro que se había originado en la calle Delicias 245. El fuego había alcanzado a dos casas vecinas y amenazaba con extenderse a las siguientes, pero los bomberos estaban trabajando intensamente para que esto no ocurriera. Todos querían saber qué había pasado, cómo se había originado el fuego, etc.
Marta y su hija Ruth, vivían enfrente de las casas afectadas y estaban muy afligidas por la suerte que corrían sus vecinos, pero no habían querido salir a estorbar el trabajo de los bomberos, como lo hacían esas otras personas que solo estaban allí por morbo. Marta estaba muy preocupada porque se oían rumores de que había fallecido una persona, pero no sabía si se trataría de un bombero o alguno de sus vecinos. Ellas solo miraban por la ventana y oraban por los damnificados.
Unas horas después, las luces de un nuevo día iluminaron la calle que mostraba las huellas tristes del siniestro. Los bomberos se habían marchado tras haber cumplido con su trabajo, también la ambulancia y los chismosos. Pero el penetrante hedor del humo no se había ido, se había quedado allí como para recordarles a los demás habitantes de la calle Delicias que las desgracias pueden venir cuando menos se lo piensa uno.
En casa de Marta estaban los dos niños de su vecina Teresa, la de la casa de enfrente, la casa que ya no existía. Los niños eran muy pequeños para darse cuenta de lo sucedido, ellos solo sabían que su mamá y hermana estaban en el hospital porque su papá había sufrido un accidente. No había ocurrido ningún fallecimiento a consecuencia del fuego, como había murmurado la gente la noche anterior, el marido de Teresa había resultado herido, pero estaba vivo.
Hacia el mediodía regresó Teresa y comentó que su esposo había sufrido quemaduras graves al tratar de apagar el incendio y lo habían dejado hospitalizado. La mujer se atormentaba pensando en que su vida se había derrumbado en unos minutos.
-       ¡Mi marido grave en el hospital y ya no tenemos casa, ya no tenemos nada!- exclamó Teresa, sollozando.
-       Lo sé Teresa y lo siento tanto, pero no pierdas la fe…
-       ¿Cómo voy a tener fe ahora? ¡Si Dios existiera no habría permitido que esto pasara! Mi esposo está muy grave y no tengo dinero para pagar el hospital, aparte nos hemos quedado sin techo, no tenemos adónde ir, ¡nos hemos quedado sin nada, sin nada!- gritó la mujer, desesperada.
-       Teresa por favor, trata de calmarte, comprendo tu situación, pero no dejes que los niños se angustien, tranquilízate- Haciendo un gran esfuerzo Teresa se calmó, Celia, su hija mayor, la abrazaba y trataba de reconfortarla. Se daba cuenta de que todo eso era mucho para su madre, debía apoyarla y si era necesario dejaría la escuela y se pondría a trabajar, pensaba la niña.
-       Tú sabes que puedes quedarte aquí Teresa, tú y tus hijos, por el tiempo que sea necesario, así que por eso no te preocupes. Ya nos arreglaremos, conseguiremos ropa, zapatos, lo que haga falta para ustedes y comida aquí no va a faltar, cuenten con nosotras. Ya verás que con la ayuda de Dios saldrán adelante y tu marido también.
-       ¿Por qué esa ayuda no vino antes?- dijo con tristeza Teresa- A Dios no le importamos.
-       No digas eso Teresa, sí le importas tú y tu familia. No comprendemos de momento por qué Él habrá permitido esto, pero tienes que saber que todas las cosas son para bien…
-       ¿Cómo va a ser esto para bien? ¿Quién puede creer eso?
-       Ahora no lo sabemos, pero te aseguro que un día lo comprobarás Teresa. Pon tu esperanza en el Señor.
Pasaron los días. Poco a poco Teresa se había ido tranquilizando, gracias a las palabras y cuidados de Marta Y Ruth, que eran como una hermana y una hija para ella. Por las noches leían todas juntas la Biblia y Teresa había encontrado gran consuelo en la Palabra de Dios, era una clase de esperanza que se sentía de otra manera. Aunque la casa era pequeña se las arreglaban muy bien y gracias a la ayuda de los miembros de la iglesia donde asistían Marta y Ruth, a Teresa y a sus hijos no les faltaba nada, al contrario, se sentían muy a gusto conviviendo todos juntos y cooperaban en todo, con gusto.
Más tarde Teresa encontró un trabajo y Celia no tuvo que dejar la escuela como ella pensaba. Su marido progresaba poco a poco en el hospital, con un tratamiento natural para las quemaduras que no era caro, así es que la cuenta del hospital no iba a resultar tan alta como ella pensaba. Teresa fue adquiriendo fe gracias a la lectura de la Palabra de Dios, aunque todavía no comprendía por qué Dios no había impedido esa catástrofe, pero ya no lo cuestionaba. Los escombros que aún quedaban en donde estuviera su casa, le impedían olvidar lo sucedido, pero ya no se angustiaba por su situación, porque estaba viendo que era algo que tenía solución, gracias al poder de la oración. Su corazón estaba tranquilo porque pensaba: “Mi esposo está en el hospital, pero está vivo. Ya no tenemos casa, pero Dios ha dispuesto el corazón de estas vecinas para ofrecernos la suya, además de su hermosa amistad. Todas nuestras cosas materiales se perdieron, pero no son irreemplazables ni se comparan con el gran tesoro que Dios nos ha dado ahora, que es el de llegar a conocerlo a Él, gracias a Marta y a su hija.”
El día en que dieron de alta a Daniel, adornaron la casa como para fiesta y antes de empezar a deleitarse con la deliciosa comida que habían preparado, dieron gracias a Dios por la bendición de su regreso y por esa nueva y preciosa amistad.
Han pasado varios meses desde la tragedia. El esposo de Teresa regresó a su trabajo, han podido rentar una nueva casa, a la que poco a poco han ido equipando con lo necesario. Pero lo mejor de todo es que esa casa está muy cerca de la de Marta y Ruth, así que siguen siendo vecinos, pero ahora más que vecinos, amigos y todos los domingos, después de la iglesia, se reúnen para compartir juntos como una gran familia.


“Por lo tanto les digo: No se preocupen por su vida, ni por qué comerán o qué beberán; ni con qué cubrirán su cuerpo. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes mucho más que ellas?” Mateo 6:25-26


Angélica García Sch.

EL REGALO FAVORITO (Cuento navideño)


Oscar era el hijo menor de la familia Padua, el pequeño estaba a punto de cumplir los ocho años justamente el 24 de Diciembre. Siempre había dicho que debía recibir regalo doble en Navidad, uno por su cumpleaños y el otro por el cumpleaños de Jesús. Sin embargo, ese año, Oscar quería un solo regalo, porque era lo que más quería con toda su alma: un perrito. Pero no quería un perrito comprado en una tienda, había dicho a sus padres que quería un perrito rescatado de la calle, uno que no hubiera conocido un hogar, uno que no tuviera donde dormir y que tuviera tanta falta de amor que cuando viera todo el que él le quería dar, brincara de alegría y felicidad.
-       Pero en la tienda de mascotas hay perritos muy bonitos y finos que te podemos comprar, hijito- Había dicho su padre.
-       No, yo quiero uno de la calle, de esos que nadie quiere, porque ellos sí necesitan una casa donde vivir y necesitan quien los quiera. Los perritos que venden en las tiendas serán muy bonitos, pero yo les aseguro que el mío también lo será, se pondrá muy bonito de tanto amor que yo le daré. Se los prometo.
El padre de Oscar dudaba, pero finalmente accedió y en víspera de Navidad se fue con su esposa a buscar al afortunado animalito que sería el doble regalo para su hijo. Recorrieron algunas calles y no fue difícil encontrarlo, estaba registrando algunas bolsas de basura, desesperado, hambriento… Su pelaje color miel estaba gris por la tierra acumulada, su pelo, relativamente largo, estaba enredado, desaliñado… era de esperarse. Se miraron el uno al otro, era obvio que no acababan de decidirse, el animalito posiblemente tenía bichos, estaba tan sucio, ¿cómo iban a regalarle algo así a su hijo? Pero él estaba tan empecinado en su deseo, que por fin pusieron manos a la obra. Era un cachorro todavía, el señor Padua se acercó y le habló suavemente, el animalito lo miró con ojos tristes, pero sin miedo. En realidad era muy joven, un perro de más edad y experiencia hubiera huido, este cachorro aún no conocía la crueldad humana, era confiado como un niño inocente. Entonces el padre de Oscar se acercó aún más hasta poder tocarlo, le hizo un par de caricias en la cabeza y el perrito movió la cola.
El papá de Oscar llevó al perrito a la clínica veterinaria para que le dieran un buen baño, le cortaran y arreglaran el pelo y le eliminaran todos los bichos que pudiera tener. Había comprado un gran moño azul para ponerle al perrito y convertirlo en un regalo. Más tarde, cuando se lo entregaron en la clínica, no lo reconoció. Le estaban entregando un lindo y reluciente cachorrito color miel, que al verlo se puso loco de contento. El señor Padua se emocionó, ¿cómo pudo reconocerlo aquel animalito si apenas lo había visto unos instantes? ¿Cómo podía estar tan agradecido? El médico veterinario le dijo:
-       Los animalitos que son recogidos de la calle son los más agradecidos mi amigo. Usted ha hecho bien, es mejor recoger animalitos sin hogar que comprar alguno para incrementar las ganancias de los que comercian con ellos. Yo creo que los animales se merecen un respeto. Estoy seguro de que éste será el mejor regalo de Navidad que podrá hacerle a su hijo.
-       Estoy seguro que sí- respondió el señor Padua y se fue con el pequeño suave, perfumado y ya miembro de la familia, en sus brazos.
Esa nochebuena, el arbolito de Navidad relucía con sus luces de colores en la casa de la familia Padua. Los niños estaban ansiosos por abrir sus regalos. Oscar estaba triste, había registrado toda la casa y no había encontrado ningún perrito escondido por ahí y tampoco había escuchado ningún ladrido. Seguramente sus papás no habían querido hacerle ese regalo que tanto deseaba. Sus hermanos ya habían abierto sus regalos y estaban felices y contentos, pero él se sentía decepcionado. Había una sola caja para él y no parecía en absoluto que tuviese un perro adentro. De repente vio que la caja se movía un poco y el corazón le dio un brinco… ¿o se lo había imaginado?
-       ¿No vas a abrir tu regalo, hijito?- preguntó la mamá- Oscar la miró, esperando adivinar en su mirada si su regalo era ese que tanto anhelaba.
Pero no lo sabría hasta que lo abriera, así que se armó de valor y se dispuso a abrirlo. Su corazón empezó a latir más fuerte al darse cuenta de que la caja se estremecía, ¡seguro que había algo vivo adentro!
El primer encuentro entre Oscar y su perrito fue histórico para la familia. Nunca lo habían visto tan feliz. Sus hermanos también estaban contentos, pero Oscar aclaró:
-       ¡Benjamín es mío y solo mío!
-       ¿Benjamín? – exclamaron todos al unísono.
-       Sí, porque será el más pequeño de la familia, por eso le he puesto ese nombre.

Oscar tiene ahora 35 años y su propia familia, una esposa y tres pequeños. Es 24 de Diciembre y él siempre recuerda esa Navidad especial en que recibió a Benjamín. Sus hijos siempre le piden que cuente la historia de Benjamín y su vida con él, sobre todo en esas fechas. Es que Benjamín fue su mayor ilusión de la niñez y el mejor compañero de juegos y de vida. Si un amigo le había demostrado un amor tan incondicional, ese había sido Benjamín. Lo había acompañado durante catorce años de su vida, siempre a su lado, siempre fiel. Qué de aventuras habían corrido juntos en su infancia y cuántas veces lo había esperado junto a la puerta, cuando Oscar ya iba a paseos y reuniones juveniles. En esa edad en que los adolescentes se sienten incomprendidos, Benjamín estaba siempre junto a Oscar, mirándolo con sus ojos llenos de amor, callada y ceremoniosamente. Benjamín le daba un toque de complacencia a cualquier momento ingrato.
Cada Navidad en casa de Oscar, al poner la estrella en el pino navideño, se pone también una foto de Benjamín, en recuerdo de aquella Navidad, cuando al cumplir los ocho años, recibió el mejor regalo que jamás había recibido en su niñez.
Hay cosas simples y quizá sin importancia para los adultos, pero que para los niños tiene un gran significado y no olvidan jamás. Cada uno de nosotros tiene algún recuerdo de algún regalo en especial, algo que jamás olvidará. Para Oscar no ha habido mejor regalo que aquel que recibió al cumplir los ocho años y que no fue un simple juguete, algo material y sin vida, sino que fue un regalo con vida y sentimientos, su querido y recordado Benjamín.

Para los cristianos, el regalo que supera a cualquier regalo favorito de nuestra infancia, el más importante e inmerecido de toda nuestra vida es el de la salvación de nuestra alma, dada por gracia por aquel que tomó la forma de hombre, naciendo en un humilde pesebre y que después de haber llevado una vida limpia y sin pecado, fue crucificado como un criminal para pagar por los pecados de toda la humanidad. Este es un regalo imperecedero, eterno y único que nadie más nos puede dar. Por eso, cada vez que se celebra su nacimiento, aunque no haya sido en la fecha en que el mundo lo celebra, nos unimos al festejo porque el festejado es lo que importa y merece toda nuestra alabanza, toda la gloria y todo el honor, a Jesucristo, nuestro Señor.

Angélica García Sch.


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EL ÚLTIMO VUELO


Llovía esa tarde en que se llevaba a cabo el funeral de Pablo. Los familiares y amigos que tuviera en vida el joven difunto, estaban mudos debajo de sus paraguas, cabizbajos, sin entender. Y es que Pablo era tan joven, con una vida por delante, con una carrera, unos padres que lo amaban, ¿cómo era posible?... El reverendo pronunció las últimas palabras de su discurso y luego de que se escuchó el unísono Amén, los presentes comenzaron a dirigirse hacia sus automóviles. Al final solo quedaron los padres de Pablo y sus dos hermanos pequeños en el lugar. Su madre lanzó dos rosas blancas sobre el féretro antes de que lo bajaran por la abertura de la tierra, hecha por los sepultureros.
Todas las personas que asistieron al funeral de Pablo tenían una pregunta en su interior: “¿Por qué?”
La corta vida de Pablo había sido exitosa. Había sido un niño alegre y hermoso, luego un adolescente ejemplar, estudioso, siempre buscando superarse. No había pasado por la etapa de la rebeldía como los demás adolescentes o quizá sí lo hizo, pero nadie lo notó, porque la diplomacia con la que trataba  a las personas, especialmente a sus padres, hacía que nunca nadie notara sus desacuerdos.
Pablo mostraba interés por los deportes extremos, los que empezó a practicar después de cumplir los dieciocho años, mostrando preferencia por las alturas, así es que hizo un curso de paracaidismo. Realizó varias hazañas en salto base, deporte que está considerado el más peligroso del mundo y causa de muerte de, según las estadísticas, diez personas anualmente, pero Pablo no temía a la muerte, era muy seguro de sí mismo. Había saltado desde edificios, puentes y acantilados durante esos tres últimos años sin que le pasara nada. Sus amigos lo admiraban, pero sus padres poco o nada sabían de esto, es decir no se imaginaban a qué grado de peligrosidad se arriesgaba su hijo. Esto era un secreto de amigos. Pablo tenía tres amigos que lo acompañaban siempre en sus prácticas y lo consideraban poco menos que un súper héroe. A Pablo no le interesaba la fama ni la competencia, solo quería experimentar “esa sensación indescriptible que se siente al estar en las alturas”, como siempre decía.
Tres días atrás, sábado por la mañana, Pablo y sus compañeros habían viajado hasta un lugar ubicado a unos 80 kms. de la ciudad donde vivían, para que Pablo ejecutara un salto espectacular y extremadamente peligroso. Para esto había rentado un helicóptero, había invertido todos sus ahorros en la renta de este aparato volador. Sus amigos habían tratado de hacerlo desistir, porque era una locura intentar lo que quería hacer. Aquel lugar montañoso estaba lleno de riscos y acantilados, solo un loco querría intentar lanzarse desde uno de ellos y ese loco era Pablo. Solo subió al helicóptero y les dijo: “¡Nos vemos al rato!”
Los muchachos observaban desde abajo, como el helicóptero llegaba hasta una cima escarpada y buscaba donde aterrizar, pero parecía que no había ningún espacio plano, así que vieron con los binoculares a Pablo que bajaba por una escalerilla y ponía pie en tierra. Estaban verdaderamente desesperados, habían tenido la esperanza de que él se arrepintiera al último momento, pero no fue así. Le gritaban que no lo hiciera, pero Pablo no los escuchaba. No querían mirar, pero tenían que hacerlo, debían estar pendientes de él. Así que vieron cuando Pablo, sin ningún titubeo, se lanzó al vacío confiado, como lo hacía siempre y planeó unos instantes en el aire, para después empezar la caída libre. El corazón de los muchachos iba a explotar, esos segundos antes de que se abriera el paracaídas les parecieron eternos, pero aún después de esto, la zozobra les superaba. Poco a poco pudieron ver que Pablo se acercaba desde las alturas, hacia donde ellos estaban. Cuando pudieron distinguir su rostro y vieron su gran sonrisa, se fueron calmando, pero hasta que no lo vieron sobre tierra firme, no respiraron totalmente aliviados. Los amigos de Pablo jamás olvidarían ese día, pero no por la gran proeza de su intrépido compañero, sino por lo que vendría después…
Iban en el auto, de regreso a casa, cantando contentos, relajados, después de tanto derroche de adrenalina. Se pararon a comer algo en una posada del camino y al terminar, se dirigieron al vehículo para seguir su viaje. Pablo pasó al lado de la carretera y abrió la puerta del lado del conductor para subirse y tomar el volante y en eso, sin que nadie se diera cuenta, sin que nadie escuchara nada, apareció un auto rojo que venía a toda velocidad. Pablo no alcanzó a quitarse, él y la puerta delantera del carro volaron literalmente por los aires. El auto rojo desapareció en la curva cercana. Los compañeros de Pablo se convirtieron en estatuas de mármol por unos instantes… nadie podía articular palabra ni mover un dedo. Por fin uno de ellos reaccionó y corrió hacia donde había quedado el cuerpo de Pablo, enseguida lo siguieron los demás. Pablo había hecho un corto y último vuelo, el más absurdo de su vida, uno que no estaba planeado, uno que ni siquiera le significó “esa sensación indescriptible que se siente al estar en las alturas”…

Seguramente, leyendo usted esta historia, al llegar a la parte donde se habla de la afición del joven Pablo a un deporte extremo, lo asoció a la causa de su muerte, era lo más lógico, pero como pudo ver las cosas no fueron así, porque la vida nos da sorpresas y la muerte también, ésta viene sin previo aviso, puede ser en el momento menos esperado y de la manera más absurda e impensable. Mucha gente se siente muy segura de sí misma, es joven, está en perfecto estado de salud, en la cúspide de su éxito profesional y económico, etc. pero nada de esto es garantía de vida. Solo Dios tiene poder sobre la vida y la muerte. Estas palabras no son para asustar al lector, sino para invitarlo a reflexionar. La juventud, el éxito, el dinero, las posesiones y aún la buena salud, no nos garantizan una larga vida, ocurren cosas inesperadas en todas partes. El ser humano es tan frágil y vulnerable. El joven de esta historia se sentía indestructible, sus amigos lo admiraban, sin embargo…
Debemos estar preparados en todo momento para rendir cuentas a Dios. Debemos depender de Él, encomendarnos a Él cada día, reconocer que nuestra vida está en sus manos y no en las nuestras. Echemos fuera toda soberbia. Somos seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, pero no somos dioses, Él y solo Él puede disponer de nuestra existencia.

Angélica García Sch.


PERDIDOS EN EL BOSQUE


María estaba contenta esa mañana de sábado, se iba a ir de excursión con sus amigos. Apenas había terminado de desayunar cuando sonó el claxon del auto de Simón. Se despidió de sus padres y salió hecha una bala. Sus padres sonrieron mientras la veían por la ventana, les hacía feliz verla contenta.
Después de una hora de viaje, los muchachos llegaron al sitio que habían planeado visitar. Era una zona boscosa muy bonita con numerosos y estrechos senderos entre los árboles, que invitaban a recorrerlos. En el centro había una caseta de guardia y alrededor algunas mesas con sus respectivas bancas para que los visitantes pudieran sentarse a comer.
Después de dejar el vehículo en el estacionamiento del lugar, se dispusieron a emprender la marcha. Les emocionaba iniciar la caminata sin itinerario y sin saber hacia donde les llevaba la ruta elegida. Iban cantando, riendo y haciendo apuestas “a ver quién llega primero” hasta ciertos lugares que aparecían a lo lejos en el camino, como por ejemplo un árbol con forma rara o el final de una barda o un cruce de caminos y he aquí que en uno de éstos fue que se desviaron y al cabo de un par de horas tuvieron que aceptar que se habían perdido. Las chicas se asustaron y se empezaron a desesperar, una de ellas lloraba pidiendo auxilio, pero se habían apartado demasiado de las áreas concurridas. Entonces uno de los muchachos, Andrés, dijo:
-      No se desesperen, ¿Qué acaso no tenemos un Dios grande y poderoso?- Las chicas que habían perdido la calma bajaron la cabeza. Andrés continuó:
-      Siempre decimos que Dios es nuestro refugio, que en Él confiamos, que a Él iremos, etc. etc. ¿entonces por qué no lo demostramos ahora?- María dijo:
-      Es verdad. ¿Por qué a la hora de llevar por obra lo que decimos no lo hacemos?, hay que recordar aquella ocasión cuando Jesús iba en la barca y se desató una tormenta, los discípulos se asustaron y desesperaron, igual como tú Sandra, igual como tú Paula, pero Jesús continuaba dormido, tranquilo, como si nada estuviera sucediendo y esto ¿por qué? Porque él estaba tomado de la mano del Padre, porque confiaba plenamente en Él, así que no había nada por qué preocuparse. ¡Ahora nosotros deberíamos hacer lo mismo! – En esos momentos el cielo comenzó a oscurecerse un poco y a lo lejos se escuchó el estruendo de un trueno.
-      ¡Lo que faltaba!- exclamó Roberto- ¡Una tormenta!
-      Exactamente como en aquella ocasión en la barca, solo que nosotros estamos en medio del bosque…
-      ¡Y perdidos!- exclamó Eugenia.
-      Perdido solo se puede estar cuando nos soltamos de la mano de Dios- respondió María.
-      Es verdad, así que busquemos un refugio y esperemos en Él- respondió Andrés. Simón, que no había abierto la boca, dijo:
-      ¿Pero dónde vamos a encontrar un refugio aquí? Solo hay árboles y árboles ¿ustedes creen que vamos a encontrar un techo para cobijarnos si la tormenta llega hasta aquí?
-      Tienes falta de fe amigo, ya encontraremos algo- dijo Roberto y en eso, al doblar un camino, vieron una masa rocosa a unos metros de allí. Era una cueva- ¿Ya vieron? ¡Dios está respondiendo antes de que le pidamos nada! Él está aquí- Al llegar a la entrada de la cueva, dijo:
-      Ustedes chicas, esperen aquí, nosotros iremos a inspeccionar- Se dieron cuenta de que era una pequeña cueva, pero serviría para guarecerse. Los truenos se escucharon más cerca y más fuerte. Se soltó la lluvia con fuerza y las muchachas entraron en la cueva. Se acomodaron todos como mejor pudieron y Laura dijo:
-      ¿Y si esta cueva es la casa de algún animal?
-      Entonces recordaremos a Daniel, que salió ileso del foso de los leones, porque Dios lo protegió- respondió María.
-      Vamos, unamos nuestras manos y oremos- dijo Roberto. Los muchachos se unieron en oración y pasaron unos minutos cuando de repente, por la abertura de la guarida, se asomó una enorme cabeza. Las chicas gritaron, excepto María que solo se mantuvo alerta.
-      Quédense tranquilos y sigamos orando, es solo un oso- dijo Roberto y apretó las manos de quienes tenía a su lado. Las chicas estaban aterradas. María estaba asustada, pero sabía que Dios estaba allí con ellos y algo haría. El oso entró por completo en la cueva para refugiarse de la lluvia. A pesar de su enorme tamaño también estaba asustado por los truenos, parecía que el animal sabía que detrás de esos ruidos pavorosos que se escuchaban en el cielo, estaba un ser superior que tenía el control de todo y se quedó quieto.
-      Esto es un milagro- dijo Roberto en voz baja- te damos gracias Señor…
No supieron cuánto tiempo estarían dentro de la cueva en compañía del oso, que cuando cesó la tormenta salió de allí tranquilamente. Salieron ellos también y Roberto dijo:
-      Así como el Señor acaba de hacer un milagro allá adentro, lo hará también ayudándonos a encontrar el camino de regreso, Él nunca deja nada a medias.
-      La verdad es que no puedo creer lo que acaba de pasar- dijo Simón- pero pasó.
-      Así es el Señor- dijo María- siempre tiene sorpresas para los que en Él confían. Y ustedes chicas ¿ya vieron?- dirigiéndose a las miedosas, que asintieron avergonzadas.
Caminaron un trecho entre los pinos, eran las seis de la tarde, el bosque había quedado esplendoroso, cientos de gotitas de lluvia habían quedado suspendidas de las ramas y como el sol asomara nuevamente, parecía que había cientos de arbolitos de navidad con sus luces encendidas. Siguieron caminando hasta que llegaron a una bifurcación y allí dijo Simón:
-      ¡Shhhh! ¡No hagan ruido, me pareció oír unas voces!- Se quedaron todos muy callados y pudieron comprobar que era cierto, no muy lejos de allí se escucharon las voces de otras personas. Se abrazaron emocionados, ya no estaban perdidos. ¡El Señor había completado su milagro!



“Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” Salmo 18:2

Angélica García Sch.