Había una vez un
pastorcito que tenía ochenta ovejas a su cuidado. Un día, pasaba con su rebaño
junto a unos matorrales y escuchó un balido que provenía del tupido ramaje. Se
acercó con curiosidad y lo que vio lo llenó de asombro: allí había una oveja,
luchando desesperadamente por zafarse de unas ramas en las cuales había quedado
atrapada. Pero no era una oveja común, ¡era una oveja cuya lana era totalmente
de color rosa! El pastorcito nunca había visto algo como eso y se la quedó
mirando muy sorprendido. Pero fuera como fuera, debía prestarle ayuda a esa
ovejita y se acercó a ella. La oveja se mostró hostil hacia el pastorcito,
mientras seguía debatiéndose furiosamente entre las ramas. Sus patas estaban
llenas de rasguños a causa de las espinas, pero aun así no se apaciguaba.
Finalmente la venció el cansancio y el pastorcito la sacó de allí y la llevó
con su rebaño. Las demás ovejas la miraron con asombro y cuchichearon entre
ellas. La oveja rosa se mantuvo alejada, caminando detrás de ellas, junto al
pastorcito.
Al atardecer, de
regreso a la aldea, el pastorcito preguntó a otros ovejeros si esa oveja color
de rosa era de alguno de ellos. Ninguno pareció sorprenderse al ver a tan
peculiar oveja y todos negaron que perteneciera a su rebaño. Entonces el
pastorcito decidió quedarse con ella y pensó que, siendo tan especial, debería
tener un nombre. La llamó "Algodón de azúcar", por su semejanza con
los algodones de azúcar que vendían en la feria del pueblo, color rosa y
esponjaditos.
En los siguientes días,
el pastorcito notó que sus ovejas se comportaban en una forma extraña, ya no le
obedecían como antes y le costaba mucho trabajo reunirlas en las tardes para
regresar a la aldea. Se preguntaba qué podría estar sucediendo. Se dedicó a
observarlas todos los días y se dio cuenta de que Algodón de Azúcar era quien
inducía a rebelarse a las demás. Entonces pensó que lo mejor sería deshacerse
de ellas y la ofreció a otros pastores, pero nadie la quiso. Después se enteró
de que esa ovejita había estado en los demás rebaños y había causado grandes
molestias a los pastores, por eso la había encontrado abandonada.
A pesar de esa mala
reputación, sintió compasión por la oveja y no fue capaz de abandonarla, así es
que aunque sabía que Algodón de Azúcar le causaría problemas, decidió quedarse
con ella y se propuso hacer todo lo posible para transformarla en una ovejita
dócil.
El pastorcito se
mantenía cerca de Algodón de Azúcar todo el día y no le dio oportunidad para
alborotar a las demás. Poco a poco, la oveja fue adaptándose y cambiando de
actitud. Reconocía que este pastorcito no era como los demás, que realmente
estaba interesado en ella y no la maltrataba, era cordial y tolerante y
sobretodo, no la utilizaba como los otros, para exhibirla y jactarse de tener a
su cuidado tan peculiar ejemplar. Siempre había sido el blanco de la curiosidad
de todos y eso la enfurecía, por eso se desquitaba alborotando los rebaños. Pero
ahora era diferente, recibía amor y caricias de parte del pastorcito y para él,
era como las demás. Ya no tenía motivos para comportarse mal ni alentar a la
rebelión a las demás ovejas. Entonces, éstas volvieron a ser las de antes,
Algodón de Azúcar ya no las trastornaba.
Al cabo de un tiempo,
los otros pastores le preguntaron al pastorcito por aquella singular e
insufrible oveja rosa, esperando escuchar calamidades acerca de ella. El
respondió: "Esta ovejita rosa, a la que he llamado Algodón de Azúcar, es mi
fiel compañera, es dócil como ninguna y hasta me ayuda a organizar a las
demás..." Los pastores no daban crédito a lo que el pastorcito les dijo y quisieron
saber cómo era eso posible. El pastorcito les dijo: "Solo redoblé mis
cuidados y la traté con mucho amor, como a mis demás ovejas, sin recordarle a
cada instante lo extraño de su apariencia, ni mucho menos, aprovechándome de
eso como lo hicieron ustedes. Algodón de Azúcar me tomó tanto cariño que ya no
quiere provocarme disgustos, es una ovejita agradecida, que solo necesitaba
amor y buen trato..." Los pastores bajaron la cabeza avergonzados. Aquel
humilde pastorcito les había dado una gran lección.
Si la apariencia física
de una persona es diferente a la de los demás, no debe ser motivo de burlas, ni
críticas, ni desprecio. Dentro de esa apariencia "anormal", puede
haber un corazón bondadoso y necesitado de amor, que solo espera una
oportunidad de parte de los que se creen normales. El maltrato hace endurecer
el corazón humano, pero el amor puede hacer milagros y ese corazón de piedra
puede convertirse en un corazón dulce y suave como el algodón de azúcar.

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