lunes, 7 de enero de 2013

Amor y espinas




Un día, una madre pasaba con su pequeña hija, frente a un jardín público en donde abundaban los rosales. Había rosas de todos colores, todas muy hermosas. La niña se detuvo a observar una rosa amarilla.
- Mira mamá, está llorando.
- Las rosas no lloran Laurita.
- Sí, esta rosa está llorando mamá, ¡mira, tiene gotitas!
- No mi amor, son gotitas de rocío, no son lágrimas.
- Son lágrimas mamá y yo sé por qué llora.
- ¿Por qué?- preguntó curiosa, la madre.
- Porque tiene clavadas todas estas espinas, mamá. Le han de doler mucho, por eso llora la rosa,    ¡pobrecita! - la madre sonrió con ternura ante el inocente comentario. La niña agregó:
- ¿Podemos llevarla a casa para quitarle todas esas espinas?
- No podemos mi amor, aquí está prohibido cortar las flores.
- ¡Pero cómo la vamos a dejar así sufriendo!
- No sufre Laurita. Todas las rosas tienen espinas y no les duele.
- ¿Pero tú cómo sabes que no les duele? - la madre no supo qué responder. Cerca de allí estaba un viejo jardinero, que había escuchado toda la conversación y se acercó a ellas.
- Querida niña, ¿quieres saber por qué las rosas siendo tan bellas tienen estas espinas tan filosas?
- Sí señor, quiero saber - respondió la pequeña.
- Te lo diré. Las rosas tienen espinas, para que al tocarlas nos pinchemos los dedos...
- ¿Pero eso para qué? - replicó la niña.
- Para que nunca olvidemos lo que duele un pequeño pinchazo... ¡Duele bastante! Y si un pequeño pinchazo duele así, imagina lo que ha de doler que le pongan a uno una corona hecha con espinas, en la cabeza.
- ¡Oh, eso ha de ser horrible, quién podría soportarlo!
- Hubo un hombre, que soportó una corona de espinas en su cabeza, además de clavos en sus manos y pies...Ese hombre, llamado Jesús, soportó todo eso por amor a ti y a mí, para que podamos ir al cielo, cuando dejemos esta vida. Por eso, cada vez que veas una rosa, que su belleza te recuerde el sublime acto de amor de Jesús y sus espinas, el dolor que sufrió por ti.

Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito,
para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. 
Juan 3:16

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