- ¡Mamá, cuando sea
grande, quiero ser presidente!- dijo Luisito, un simpático niño de ocho años, a
su madre.
- ¿Y por qué quieres
ser presidente?- respondió ésta.
- Pues para que todos
hagan lo que yo quiera y para tener mucho dinero y viajar a todas partes del
mundo y todo eso...- contestó el niño.
Muchos adultos piensan
como este niño, creen que ser gobernante de una nación implica toda clase de
beneficios personales, más que ninguna otra cosa. Es verdad que la gran mayoría
de ellos, cuando terminan su período, se llevan los bolsillos muy gordos, pero
también, gran cantidad de canas en su cabeza. Gobernar un país no es nada
simple, es una gran responsabilidad que no cualquiera es capaz de asumir.
Hay personas que
critican a todo hombre que se siente en el sillón presidencial, durante y
después de su mandato, siendo que ellos mismos no pueden dirigir ni sus propias
familias. Los presidentes son las personas más severamente juzgadas por sus
propios compatriotas y hasta por el resto del mundo. Son las personas de
quienes más se espera, a quienes más se exige y en donde están puestos todos
los ojos. Cuando a la ciudadanía no le parecen las cosas, ¡el culpable es siempre
el presidente!
Un presidente encuentra
muchas piedras en el camino, empezando por la más grande, que se llama
oposición. El solo hecho de que un mandatario, pertenezca a un partido
contrario a las preferencias de algunos, eso ya es motivo de ataque, críticas y
protesta, obstaculizando así el ejercicio de sus funciones. ¿Quién puede
trabajar satisfactoriamente en estas condiciones? El capitán de un barco, no
puede llevar el control, teniendo tripulantes que inciten a motín a su
alrededor. En estas circunstancias, el barco puede acabar hundiéndose y se
pueden perder muchas vidas.
Un gobernante necesita
el apoyo de la sociedad, con el enfoque a un objetivo común: la patria, sin
importar los colores políticos. Eso sería actuar con madurez. La rebeldía en
contra de las autoridades, da por resultado el aumento de los problemas, no la
solución de los mismos.
La Palabra de Dios
dice: "Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay
autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido
establecidas" (Romanos 13:1). Cuesta creer que algunas autoridades hayan
sido elegidas por la voluntad de Dios, cuando vemos tanta corrupción dentro de
la política, tanto abuso y tanta injusticia, pero Dios para todo tiene un
propósito y en eso debemos confiar.
Salomón fue el rey más
sabio y próspero de sus tiempos. Dios lo llenó de bendiciones, porque él no le
pidió riquezas ni gloria, sino sabiduría para gobernar a su pueblo (ver 2
Crónicas 1:10-12) El mejor presidente actual sería aquel que siguiera el
ejemplo de Salomón. Alguien cuya confianza estuviese puesta en Dios y no en sus
propias capacidades. Salomón reconocía su insuficiencia, sus límites y su
dependencia de Dios. Reconocía que necesitaba de Su sabiduría para gobernar
bien y tuvo recompensa de parte de El.
No puede haber mejor gobernante que aquel que su vida esté gobernada por Dios.
Esto sería garantía absoluta de integridad y confianza, lo cual hace mucha
falta a la mayoría de los políticos con puestos importantes en el gobierno y a
los gobernantes mismos. Los pueblos necesitan buenos gobernantes, los
gobernantes necesitan la sabiduría divina, para saber tomar buenas decisiones y
gobernar con justicia. Pero lamentablemente, la mayoría de ellos está lejos de
Dios, esto lo podemos notar en el panorama mundial. Mientras mantengan a Dios
fuera de los palacios de gobierno, se seguirá gobernando en base a la limitada
sabiduría humana, lo cual no es muy alentador.

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