“De
cierto les digo que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra.” Lucas
4:24 (RVC)
Estas
palabras de Jesús pasaron a convertirse en un refrán popular muy conocido en el
mundo. “Nadie es profeta en su tierra” se aplica a una persona que no es
escuchada, no es aceptada por los suyos, sin embargo sí lo es por otras
personas que no son de su familia. En el caso de las mujeres, cuántas se
sienten incomprendidas por el esposo y los hijos, en cambio por sus amistades y
compañeros de trabajo, se sienten muy apreciadas. Cuántas se sienten solamente
utilizadas por su familia, esclavas de su casa, sin ser reconocidas, sino más
bien criticadas o víctimas de la indiferencia. Hay millones de mujeres en este
mundo implorando silenciosamente por solamente ser escuchadas, pero no por un
sicólogo, sino por los suyos, por sus seres queridos.
Irene
es una mujer casada desde hace quince años, tiene esposo y tres hijos, dos de
ellos adolescentes. Irene siente que su esposo busca evadirse de los problemas familiares,
a pesar de que ella no es de esas mujeres que en cuanto llega el marido de
trabajar le pasan una lista de quejas. Ella no es así, busca el momento
adecuado, pero parece ser que nunca existe ese momento adecuado, porque él
siempre busca eludir el tema, actuando a la defensiva. Por su parte, los hijos
adolescentes le dan muchos dolores de cabeza, los cuales debe de afrontar sola,
porque no cuenta con el apoyo de su marido, que aunque esté en casa, en realidad
no está allí. Irene no está sola, tiene un marido, pero es como si no lo
tuviera, porque aunque él esté allí de cuerpo presente, su alma está ausente.
Se
dice que la mujer es la reina del hogar, pero muchas no se sienten reinas, ni
siquiera princesas. Ponen todo su corazón para cuidar a los suyos, pero sienten
que ellos no lo reconocen y viene la frustración y como consecuencia de esto
puede venir la depresión, la tristeza, el enojo u otras reacciones peores, las
cuales van en contra de la propia estabilidad familiar.
Hay
mujeres que se sienten que se van quedando solas, a pesar de estar rodeada de
hijos y hasta de nietos en algunos casos. El problema es que pocas personas
saben ponerse en los zapatos de los demás y en estos últimos tiempos en que la
vida corre tan aprisa, nadie tiene tiempo sino para pensar en sus propias
preocupaciones y necesidades. La comunicación juega un papel imprescindible en
las relaciones familiares, nadie puede adivinar los sentimientos del otro. Por
eso, hay que hablar en familia, padres e hijos, marido y mujer, expresar sus
sentimientos, sin reproches ni quejas, solo dejarlos salir y buscar juntos la
solución para que todos y cada uno de los miembros de la familia se sientan
mejor. Esto se llama comprensión y para que haya comprensión, debe haber
voluntad y tener la capacidad de saber ponerse en el lugar del prójimo.
Jesús
sufrió en carne propia la incomprensión de los suyos, en su tierra, Nazaret. La
Biblia dice que ni aún sus hermanos creían en él (Juan 7:5), sin embargo otras
personas que no eran de su familia, sí lo hacían. Como hombre, Jesús sufrió
emociones igual que todos nosotros, debe haber sido frustrante haber sentido la
indiferencia de sus propios hermanos, dice la Biblia que no estuvo mucho tiempo
en Nazaret, a causa de la incredulidad de los suyos. No hay peor cosa que no
ser apreciado por la propia familia, así que Jesús conoce ese sentimiento muy
bien y comprende a quienes lo padecen. Por eso mujer, cuando te sientas así,
cuando pienses que ya lo intentaste todo sin resultados, no pienses que ya no
hay nada más qué hacer, no tienes por qué entregarte a la depresión, mejor
entrégale esa pesada carga a Cristo, que para él es carga liviana y refúgiate
en su amor, que él te dará la paz y la comprensión que necesitas. Cuando los
demás no te reconocen, cuando no te comprenden, no te apoyan, no te dan tu
lugar, Jesús te dice: “Estoy contigo”. Dale un lugar en tu corazón, Él es tu
mejor aliado, tu mejor sicólogo, tu mejor confidente, siempre dispuesto,
siempre amoroso. No estás sola, Jesús te está abrazando, solo abandónate en sus
brazos.
Angélica García Sch.
Angélica García Sch.
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